REFLEXIONES.
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  ¿Quien no se sintió alguna vez impulsado  a zambullirse en el mar o río o lago sin ropas.?  Nada más natural que ese impulso, todos atesoramos el recuerdo de estados placenteros vinculados al contacto libre y pleno de nuestra piel con los elementos de la naturaleza.
  ¿Por qué reprimir ese impulso a fundirse con el entorno natural con la mayor plenitud posible, con la menor distorsión posible, por qué vivirlo como pecaminoso, incómodo, inconveniente o hasta perverso?.
Si la idea fuese que la gente anduviera desnuda—dice irónicamente Oscar Wilde—naceríamos desnudos. Pues bien, nacemos desnudos. Y desnudos vivimos una importantísima etapa de nuestras vidas , la que transcurre antes de nacer.
 La civilización ha hecho muchas cosas buenas por el hombre. El extrañamiento del propio cuerpo no está entre esas cosas buenas. Es  consecuencia indeseable de códigos éticos coercitivos, tal vez  útiles en alguna  época, hoy absolutamente innecesarios en situaciones normales, por tanto prescindibles y retrógrados. Nadie puede sensatamente pensar que contemplar con frecuencia  cuerpos desnudos  pueda tener alguna incidencia sobre el comportamiento moral de los individuos. Sobre todo si se da en un contexto no utilitario, no mercantilista, un contexto en que el desnudo y su carga simbólica no sean una mercancía.
 No es noticia :que  para muchas gentes desnudo es igual a sexo. Para el mismo grupo sexo es sinónimo de pecado, por lo tanto...desnudo es igual a pecado.

 Ni siquiera es preciso desmontar la torpe identificación de sexo con pecado. La otra equivalencia es aún más endeble. Porque el desnudo es cómodo para la actividad sexual, nadie lo niega.. Pero también lo es para bañarse, dormir, practicar casi todos los deportes imaginables, cantar, ejecutar instrumentos musicales, comer,  narrar historias ,pintar, esculpir y trabajar en la mayoría de las actividades  que casi nadie considerará pecado
.¿ Entonces ?
Consejo amigable
Si usted siente curiosidad por ir a ver a esos locos que andan desnudos, es muy posible que algo lo esté llamando. Acérquese a la playa vestido con su mejor pantalón de baño. Cuando se canse de mirar lo que fue a mirar siéntese a pocos metros del mar y dedique unos minutos a contemplarlo. Tómese su tiempo, el mar sabrá esperarlo. Después ,sin ponerse de pie quítese su  pantalón de baño y póngalo a su lado en la arena, no muy lejos. Sentirá enseguida la terrible sensación de que todo el mundo lo ha estado mirando. Dé un vistazo alrededor y percibirá que nadie lo está mirando especialmente. Si su ego puede asimilar ese golpe, póngase de pie y volverá a experimentar la dicha sensación. Bien. No dura más que unos segundos. Es tan real como la que nos hace ver la estación retrocediendo cuando el tren se mueve. Deje su pantalón cerca si quiere  y diríjase  al agua. A un par de metros tome carrera y no pare hasta zambullirse con toda la alegría, la fuerza y la plenitud  de su libre cuerpo.
 Me lo agradecerá. No conozco a nadie que haya seguido mi consejo y no lo haga. Y no se preocupe si su mejor pantalón ha sido devorado por la marea. No va a querer volver a usarlo.